Sola y borracha, quiero llegar a casa. (Yo también)

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¡Pero por qué tanto escándalo! ¿Es que nunca habéis bebido una copa de más? Que levante la mano (o tire la primera piedra) el que no se haya pasado en la boda de su amigo, en el día de las notas, en el cumple de tu prima…

Soy una mujer de dos siglos, el XX y el XXI, y ya no es hora de escandalizarse por una mujer borracha, igual que el siglo pasado a nadie sorprendía un hombre borracho.

¿Hola? ¿He regresado a otro siglo, a otro tiempo? Y es que hay cosas que no cambian: el afán de algunos por no escucharnos, por no entendernos, por tergiversar una y otra vez nuestras palabras, hechas gritos para desviar la atención sobre asuntos nimios. Critican la frase por una sola palabra (“borracha”) e ignoran lo fundamental (“quiero llegar a casa”).

Entiendo que los padres no quieran ver a sus hijas borrachas. Soy madre y tampoco lo quiero. Los padres no queremos que los hijos cometan los mismos errores que nosotros. Sería antinatural. Pero no podemos cerrar lo ojos y negar lo que puede suceder: que nuestras hijas se emborrachen o crucen un descampado de noche o atraviesen un callejón oscuro o vuelvan solas a casa… (¿Perdona?) En fin, estas cosas no deberían ser consideradas “errores”, pero en el absurdo mundo en el que vivimos, lo son.

Asúmelo: nadie es perfecto. Las mujeres, tampoco.

Ante la certidumbre de que nuestras hijas o nosotras mismas cometamos el “imperdonable” error de tomar la última copa, quiero que TODAS lleguemos sanas y salvas a casa, incluso solas, incluso tomando un taxi o un UBER o un autobús o como sea.

Atención, tergiversadores. ¿Y si cambiamos “borracha” por “desnuda”?

El único límite de la libertad individual es el que empieza en la libertad de los otros. El único límite para nuestros actos debe ser no dañar a los demás. Trata a los demás como quieras que te traten a ti. No puede haber más fronteras que esa para la voluntad humana.

Todo lo demás es mierda.

El lema “sola y borracha, quiero llegar a casa” trata de expresar que, aún imperfectas, o igual de imperfectas que los hombres, merecemos que nuestros errores no nos cuesten la vida.

No creo que ni mi padre ni mis hermanos ni mi marido tuviesen nunca miedo de emborracharse. Nunca, jamas.

No es normal que la mitad de la población tenga miedo a cosas tan simples como tomar una copa, quedarse sola en el vagón de metro, recorrer un callejón oscuro, estar a solas con su jefe…

Y ya estoy harta de tener miedo.

Eso es lo que queremos decir cada 8 de marzo: estoy harta de tener miedo.

Y de este forma, el grito “sola y borracha, quier llegar a casa” se convierte en una súplica: “déjennos ser imperfectas, sin que nos cueste la vida”.

By María Arenas

P.D. Por todo esto, he escrito una novela sobre una mujer que no tiene miedo. Lee ya Operación Caronte.

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