Enoc el Profeta

Soy Enoc, hijo de Jared, profeta de Dios y escriba de su obra. Quiero hoy escribir para las generaciones futuras lo que vi y viví y por qué Dios envió el diluvio universal sobre la tierra. 

Hacía ya muchas generaciones desde Adán y Eva, desde que Dios creara al primer hombre y a la primera mujer. Como Dios los había creado mortales y perecederos, hizo que se pudieran reproducir para que siempre hubiera hombres y mujeres sobre la faz de la Tierra y su obra perfecta no se perdiera. 

En el cielo, los Ángeles vigilaban a los seres humanos y en algunos, comenzó a crecer la envidia. Envidiaban las sensaciones que tenían por estar hechos de carne y sangre y las emociones que estas les proporcionaban. Los Ángeles no podían sentir la paz del olor a tierra húmeda después de la tormenta ni el cariño de una mano que sujeta otra mano, tampoco el miedo del cazador delante de un animal herido. Envidiaban todas las emociones humanas. 

Un grupo de ellos, decidió bajar a la Tierra y mezclarse con los humanos. Discutieron mucho sobre cómo hacerlo y por eso Shemihaza, el líder de los Ángeles les paró: 

-Hermanos, creo que ninguno de vosotros quiere hacerlo en realidad. Creo que esto es una pataleta y que al final, Dios se enterará y solo yo pagaré por el pecado. Os echaréis atrás, lo sé. 

-Haremos un juramento –dijo Azael-. Todos haremos el juramento mutuo de seguir hasta el final. El que no lo haga será un proscrito entre nosotros. Nadie retrocederá en el plan. 

Bajaron a la Tierra sobre el monte Hermon. Bajaron como estrellas que caen del firmamento, doscientos en total, y tomaron la apariencia de hombres. Al poco, escogieron esposas entre las mujeres y se quedaron embarazadas. Los Ángeles se contaminaron de humanidad. La unión de los dos mundos, el espiritual y el humano, engendró monstruos. 

Las mujeres parieron Gigantes de tres mil codos de altura. Tenían un hambre y una sed insaciable, aunque no necesitaban comer ni beber. Empezaron a consumir todo lo que producían los humanos. Destruyeron cosechas y rebaños enteros hasta que los hombres no dieron abasto. Después, se volvieron contra ellos también y comenzaron a devorarlos y a beber su sangre. 

Los Ángeles caídos vieron el daño y el dolor que estaban causando sus hijos, pero los amaban. Eran sus hijos. Así que enseñaron a los humanos a defenderse de los Gigantes, o a intentarlo. Asael les enseñó a fabricar espadas y cuchillos de hierro y escudos y corazas de cobre. Les enseñó a extraer oro y prepararlo y también a labrar la plata para brazaletes y adornos. 

Los Ángeles revelaron a sus esposas los secretos que se guardaban en el cielo. Asael enseñó a las mujeres a usar el antimonio para maquillar los ojos y a encontrar piedras preciosas y a usar tinturas para colorear telas. Shemihaza les enseñó encantamientos y a cortar raíces. Hermoni les enseñó a romper hechizos, brujería y magia. Baraquel les enseñó astrología. Kokabel les enseñó los presagios de las estrellas y las constelaciones. Zequel les enseñó sobre las nubes y relámpagos. El les enseñó los significados. Artaqof les enseñó las señales de la tierra. Shamsiel les enseñó los presagios del sol. Shariel les enseñó los presagios de la luna. 

Los secretos del cielo corrompieron a los hombres de todas las formas posibles. 

La guerra entre los hombres y los Gigantes la estaban perdiendo los hombres y estaban siendo masacrados. Clamaron por ayuda y el clamor llegó hasta las puertas del cielo. 

Los arcángeles Miguel, Uriel, Rafael y Gabriel, que estaban viendo lo que pasaba en la Tierra y oyeron el llanto de los hombres, pidieron a los santos del cielo que le contaran a Dios lo que sucedía e intercedieran por sus hermanos. No se atrevieron a hacerlo ellos mismos, por si Dios les consideraba cómplices de los pecados. 

Los santos fueron ante Dios y le pidieron que hiciera algo al respecto de la injusticia que se cometía en la Tierra y Dios respondió. 

Lo primero que hizo fue enviar al arcángel Uriel a visitar a Noé, hijo de Lamec. “Dile en mi nombre que se esconda. Dile que el fin se aproxima y que la Tierra entera va a perecer. Vendrá un diluvio que destruirá todo lo que en ella se encuentre. Instruye a Noé sobre lo que debe hacer para escapar y preservar su vida.” 

Después, llamó al arcángel Rafael y le ordenó atrapar a Asael, encadenarlo de piés y manos y arrojarlo a las tinieblas. 

-Abre un agujero en el desierto de Dudael –le ordenó- y arroja dentro a Asael. Coloca sobre él piedras ásperas y cortantes, cúbrelo de tinieblas, déjalo allí eternamente y cubre su rostro para que no pueda ver la luz. Después, anuncia a los humanos la sanación de todo lo que los Ángeles caídos han corrompido para que no perezcan todos. La Tierra está podrido por lo que les enseñó Asael, suyo es todo el pecado. 

El Señor mandó a Gabriel contra los Gigantes. Le ordenó hacerlos desaparecer entre los humanos. “Haz que peleen unos contra otros en batalla hasta que se destruyan. Sus días no serán muchos», sentenció Dios. 

Y por último, dijo al arcángel Miguel que aprisionara a Shemihaza, el líder de todos, y a sus cómplices, a los que se unieron a las mujeres y se hicieron impuros, pero después de que vieran la destrucción de sus hijos. Los Ángeles caídos serían prisioneros en los valles de la Tierra hasta el día del juicio. También ordenó a Miguel destruir el espíritu de los Néfilim, por todo el mal que habían hecho a la humanidad. 

Y mientras todo esto sucedía, yo estaba oculto y nadie sabía dónde estaba. Vivía con los ángeles y los santos del cielo, lejos de la maldad que reinaba en la Tierra. Entonces, me llamaron los Ángeles del cielo y me pidieron que avisara a sus hermanos caídos de que no tendrían paz ni perdón para sus pecados, por haber abandonado el cielo y contaminarse del mundo material, que verían morir a sus hijos y que llorarían y suplicarían, pero para ellos no habría misericordia ni paz. Dios había dictado sentencia. 

Me reuní con Asael y los otros y el miedo se apoderó de ellos. Me suplicaron que elevara una petición a Dios en su nombre para que sus pecados fueran perdonados. Ellos mismos no podían hacerlo. Desde que habían descendido, tenían tanta vergüenza por sus crímenes que no podían ni tan siquiera elevar los ojos al cielo. 

Finalmente, redacté su petición de perdón. 

Me senté junto a las aguas de río Dan, al sur del monte Hermon, donde habían descendido los ángeles, y leí las peticiones hasta que me dormí. 

Y tuve un sueño. Me encontraba a las puertas del palacio del cielo y vi, con mis propios ojos, el rigor del castigo que iba a caer sobre los ángeles. 

Todo era caótico a mi alrededor. No había cielo ni tierra asentada bajo mis pies. Frente a mí había ciento noventa y nueve estrellas encadenadas juntas. Parecían grandes montañas y ardían como el fuego. 

De allí, llegué a un lugar más terrible aún y aterrador. Había fuego ardiendo y flameando. Había también grietas que descendían hasta el abismo, llenas de grandes columnas de fuego que descendían. Esa era la prisión de Asael para siempre. 

Después encontré una pared de cristal rodeada de lenguas de fuego. Entré por ellas sin quemarme hasta una gran casa con paredes de cristal y el suelo de cristales como un mosaico. El techo era un camino de estrellas y relámpagos, claro como el agua. Más fuego ardiente rodeaba la casa y cubría la puerta. La traspasé y la casa era caliente como el fuego y fría como el hielo. Me consumió el miedo y un temblor me cubrió de pies a cabeza. Caí al suelo aterrorizado y ante mí se abrió otra puerta que conducía a otra casa más grande que la anterior, construida toda con lenguas de fuego y en la parte superior había más estrellas y relámpagos. En el centro había un trono elevado, hecho de cristal y brillaba tanto y era tan brillante que no podía mirarlo. Alrededor, unos ángeles cuyos cuerpos estaban cubiertos de ojos eran los únicos que podían acercarse. Eran los querubines. 

Dios se dirigió a mí y me dio un mensaje para los Ángeles caídos: «Ve y diles a los que te han enviado a interceder por ellos que son ellos los que deberían interceder por los humanos y no los humanos por ellos.» Y se lamentaba: “¿Por qué abandonaron el cielo? Vivían una vida eterna y espiritual y desearon la vida de la sangre y la carne. ¿Por qué desearon vivir como los que mueren y perecen? Enoc, diles que estaban en el cielo, pero no les había revelado todos los secretos. Conocían solo algunos sin valor. La dureza de su corazón ha hecho que se los transmitieran a las mujeres y los hombres y estos han hecho mucho mal sobre la Tierra. Los seres humanos no estaban preparados para conocer esos secretos ni otros. Y por eso, los Ángeles no tendrán paz.» 

Cuando desperté, les conté mi visión y lo que me había dicho Dios. Sus peticiones no serían concedidas, pues no se podía cambiar una sentencia pronunciada ya. No podrían ascender al cielo por toda la eternidad y serían hechos prisioneros tras la muerte de sus seres queridos. Tampoco sería concedido lo que habían pedido para sus hijos, por mucho que pidieran y suplicaran. 

Les vi entonces caer de verdad. Lloraron y se cubrieron los rostros con las manos y cayeron al suelo de rodillas. E inmediatamente aparecieron los cuatro arcángeles enviados por Dios y cumplieron la Sentencia. 

Los Gigantes nacidos de los espíritus y la carne se llamaron espíritus malignos para siempre. Se mataron unos a otros en una batalla tan terrible que tembló la Tierra entera bajo nuestros pies. Los espíritus que salieron de sus cuerpos fueron destruidos por Rafael. Los Ángeles caídos fueron atrapados y atados y llevados a su prisión hasta el día del juicio. Y Miguel se encargó de enviar sobre la Tierra un gran diluvio que barrió todo el mal que habían traído los Ángeles, que nunca tendrán paz. 

By María Arenas

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