Quemar las naves (o intentarlo)

¿Conocéis la expresión “quemar las naves”? Es una expresión que se refiere a cuando alguien toma una decisión que no tiene marcha atrás y que además, tiene una sola salida hacia delante, sin plan B.

La expresión viene de un tipo que lo hizo literalmente: Alejandro Magno. Cuando llegó con sus soldados a las costas de Fenicia y se dio cuenta de que los enemigos triplicaban en número a sus hombre, se le ocurrió quemar los barcos en los que habían llegado y les arengó diciendo que tras la quema, la única posibilidad que tenían de volver a sus casas y ver a sus familias era hacerlo en los barcos de los enemigos. Se aseguró de que no pudieran desertar.

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Ante tal perspectiva, ganaron la batalla y volvieron a sus hogares en barcos fenicios. No había otra posibilidad.

Supongo que cuando uno es el rey de Macedonia en el siglo III a.C. puede permitirse esas locuras, pero en pleno siglo XXI, la historia cambia. Yo lo estoy intentando. De verdad. Pero mi historia sería más o menos así:

“—Yo, Alejandro Magno, Alejandro III de Macedonia, he decidido quemar las naves en las que he llegado a Fenicia con mis hombres.”

Alejandro sube a una pequeña barca que hay en la playa mientras sus hombres aún duermen y rema durante unos 700 metros hasta la nave más cercana.

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Trepa a la cubierta por una escala de cuerdas por la que bajaron la tarde anterior y busca una antorcha. ¡Pero no hay ninguna! Los hombres descargaron todas las provisiones y útiles, todo.

Es una faena, pero Alejandro no se rendirá. Baja de nuevo por la escala, recorre en la barca de vuelta los 700 metros que le separan de la playa y corre hasta la tienda donde se guardan las armas y provisiones. Agarra una antorcha y la empapa en aceite. Vuelve a la barca, llega a la nave, sube la escala con la antorcha bien agarrada al cinto y entonces se acuerda de que no tiene mechero… Se empieza a mosquear.

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Baja la escala, rema otra vez y corre a su tienda donde aún duerme Hefestión. Agarra un pedernal (mechero del siglo III a.C.) y vuelve a la barca. Está cansado. Está sudando. Pero nada puede fallar ahora que tiene lo necesario.

Llega a la cubierta de la nave y chisca el pedernal contra el metal para prenderlo, pero no salen chispas. ¡Hay que joderse! En la oscuridad de la tienda, se equivocó de piedra y no es pedernal. No tiene lumbre.

Alejandro llora de rodillas desesperado en la cubierta de su nave. Está amaneciendo. Se limpia las lágrimas con el revés de la mano y mira cómo sale el sol.

Decide continuar con su propia guerra y aún no ha comenzado la batalla. Pronto despertaran sus soldados y verán que el enemigo les triplica en número. Cundirá el pánico.

Baja, rema, vuelve a su tienda, besa a Hefestión, coge el pedernal, rema de nuevo, trepa y al fin, prende fuego su antorcha. Se yergue ufano en el centro de la cubierta con la antorcha en alto en su mano derecho. Al fin.

Una ráfaga de viento apaga su antorcha. Ha sido la gota que ha colmado el vaso. Se muerde los labios y la sangre cae por su barbilla. Ha apretado tanto su puño que se ha clavado las uñas en la palma de la mano. Necesita otra antorcha.

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Aún así, no se da por vencido. Baja la escala de cuerda, rema hasta la playa y todos sus hombres se han despertado ya. Han visto el nutrido ejército fenicio y están recogiendo las tiendas y empaquetando las provisiones… Alejandro intenta detenerlos, les trata de infundir valor, porque sabe que sus hombres son capaces de vencer a los fenicios y mucho más, pero no le escuchan. Parece todo perdido. Grita. Suplica.

En su tienda, Hefestión también está haciendo las maletas.

“—Tú también, Hefestión.”

(Esto se lo dijo Julio César a Bruto un porrón de siglos después, pero queda bien.)

“—Alejandro, no te preocupes, volvemos a casa a por más hombres. Los generales han convenido regresar y reclutar más soldados.”

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No es un buena solución para Alejandro. Debían entrar en batalla esa misma mañana…

By María Arenas

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