Hace poco tiempo he descubierto que escribo por una tendencia que tengo a ordenar las cosas. Vivo en un caos que domestico escribiendo y narrando la historia de cada cosa. El problema es que soy novelista por naturaleza, por lo que las historias no siempre son verdad, pero, ¿quién dice que hay una sola verdad irrefutable y que, además, existe? Y de esta forma, vivo en el mundo que creo cada día, historia a historia. Hay dos formas de vivir: pasar por la vida como un barco a la deriva traído y llevado por las olas o vivir en el mundo que una quiere, sintiendo los vaivenes como parte de una misma. Así trato de hacerlo.
Además, entiendo que es mejor la historia que una se cuenta a la que le cuentan los demás, porque todo el mundo sabe que la Historia la escribe siempre el bando vencedor. A veces, hay que rebuscar, leer entrelíneas, hurgar en heridas profundas que llevamos en la piel como calcamonías para darle forma a la historia que cuenta nuestra historia. Y en eso paso el tiempo, como el escultor que se enfrenta al mármol bruto hasta que cincela, lija y pule. Y luego, a volver a empezar.
El próximo sábado, en Driebes se celebra la Masiega. Se trata de un desfile o procesión de las mujeres del pueblo que conmemora la vuelta a casa de las mujeres que habían salido al campo después de que se hubiera segado el cereal para recoger las espigas que se quedaban sin recolectar. Con ellas hacían pan en casa y se lo daban a los suyos.
Hoy en día se sigue haciendo con otros cultivos y está extendida la costumbre de que cualquiera puede coger lo que el propietario ha dejado en la tierra después de la cosecha. Pero lo habitual es recoger ajos, cebollas, pimientos, patatas, etc. Ya nadie recoge las espigas de cereal para hacer pan.
La palabra «masiega» no existe en el Diccionario de la RAE y tampoco el prefijo ma-. Sin embargo, hay una palabra que empieza por ma- en la mitad de los idiomas del mundo. Mayrik en armenio, mari en friulano, màte en letón, madar en persa, maa en oriya, mat’ en ruso, mata en sánscrito, majka en macedonio, man en urdu, mam en galés, makuahine en hawaiano, ma en afrikàans, mutter en alemán, mare en veneciano, madre en español. Y en muchos más. Masiega, por lo tanto, es Madre de la Siega. Se refiere a las mujeres que salían al campo, pero también suena a algo antiguo, más que el cristianismo, que Roma o que Egipto. Suena a algo ancestral, al origen de la agricultura, femenino y maternal.
Las mujeres fueron las que iniciaron la agricultura y la ganadería, generando el salto cualitativo más importe en la evolución de la humanidad. Mientras los hombres salían del poblado neolítico para cazar (vaya usted a saber qué), las mujeres recolectoras disponían de tiempo para observar cómo las semillas germinaban, crecían las plantas y daban nuevos frutos. También tuvieron tiempo para observar las estrellas, las estaciones, desarrollar la metalurgia, la orfebrería, el uso de las plantas y las raíces medicinales y ordenar la tribu, pero eso es otra historia.
Al margen de la observación, había algo que se escapaba al conocimiento, algo mágico que sucedía una y otra vez. ¿Por qué una semilla germinaba y otra no? La misma tierra, la misma procedencia, el mismo cuidado, la misma agua y el mismo Sol. Sin duda es la Diosa, la Madre, la que hace posible la magia y da de comer a sus hijos. Ya existían ceremonias y homenajes para pedir o dar gracias por otras cosas inexplicables, como la buena caza, la llegada de la primavera, la maternidad, y ahora, la buena cosecha.
Sin duda, una procesión o desfile para la Madre de la Siega es algo que ha sobrevivido desde entonces a los devenires religiosos en Driebes. Recoger las espigas desechadas o caídas para hacer pan y dar de comer a tus hijos no es sinónimo de necesidad, pobreza o miseria, sino un acto de amor y agradecimiento.
Los romanos, politeístas, veneraban a Ceres, diosa de la agricultura, la cosecha y la fertilidad, en el más alto escalón divino como hija de Saturno y Ops, y hermana de Júpiter, Juno, Neptuno y Plutón. Celebraban un festival llamado Cerealia, pero entre el 12 y el 18 de abril, porque los romanos eran más de pedir una buena cosecha que de agradecerla. Pero los romanos han sido los mayores plagiadores de la Historia. Sus dioses eran griegos y fueron anexando los cultos que mejor les venían con el paso de los tiempos y las conquistas. También plagiaron el arco de medio punto, los acueductos y el aceite de oliva.
El pan era muy importante en Roma. En un determinado momento, instauraron el “subsidio mínimo vital”: el estado entregaba un pan diario a todo ciudadano romano.
Después, llegó el cristianismo, y no en valde, Cristo entregó y partió el pan entre sus discípulos. Así, se convirtió en un Padre-Madre, reuniendo en un solo Dios los atributos de los dioses masculinos y femeninos, coetáneos en la época con el judaísmo. El dios judío es “muy mucho” masculino y todo lo femenino es sinónimo de pecado. La mujer, en su tradición, está representada por Eva, que cayó en pecado y comió del Árbol del Conocimiento, hizo pecar a Adán y engendró a Caín tras tener relaciones con Samael (Lucifer).
El cristianismo regaló a las mujeres a la Virgen María y se ha convertido en una diosa misma: nació sin pecado original, en contraposición a Eva pecadora, por obra del Espíritu Santo, porque sus padres eran ya mayores y estaban a kilómetros de distancia en el momento de la concepción, y ascendió al cielo en cuerpo y alma, igual que Cristo y algunos profetas. El culto a la Virgen María ha permitido la conservación de otros cultos ancestrales. Los mismos ritos con distinto nombre.
¡Hereje! Siempre hay alguien que me lo dirá. No importa. La supervivencia del culto a lo femenino ha permitido en Occidente que las mujeres no tengamos que cubrirnos el rostro. Podemos ser el origen lujurioso de los pecados del hombre y también el símbolo de la maternidad divina y la absolución de los pecados.
Doy gracias por que a los Evangelistas se les ocurriese incluir a María, Madre de Jesús, en el relato. Aunque me hubiera gustado que hubieran ampliado el papel de María Magdalena. Pero eso es otra historia.
Y el cristianismo se pervirtió. Y solo había dos tipos de mujer: Eva o María, puta o virgen. Y así llevamos las mujeres dos mil años tratando de romper con los prejuicios. De aquellos barros, estos lodos.
Lo intrigante de la Masiega es que en el desfile no llevamos ninguna imagen religiosa, no hay ninguna santa ni santo ni virgen ni cristo. Es una tradición directa del Neolítico al siglo XXI, que ha sobrevivido a Roma y a la Iglesia Católica. Sea como sea, vamos a celebrar lo importante: lo femenino, la gratitud a la tierra, la maternidad, la entrega por amor. Hagamos una fiesta por nosotras y para nosotras.
Nota: lo femenino no es exclusivo de las mujeres. Los seres humanos tenemos energía femenina y masculina a la vez, a imagen y semejanza de Dios/Diosa. Los hombres que quieran unirse a la Masiega solo tienen que ponerse una falda y celebrar su feminidad sin prejuicios rancios.